viernes, 18 de abril de 2008

Organizaciones en crisis

Por Lic. Daniel Jesús Carrillo Polanco
Master en Comunicación Política y Marketing Electoral

Que cada quien haga conciencia

Hoy día, el término crisis se ha puesto en boga. De acuerdo con el diccionario de La Real Academia Española, crisis significa, entre otras cosas, escasez, carestía, situación dificultosa o complicada, momento decisivo de un asunto grave y de consecuencias importantes.

Se habla de crisis mundiales, crisis económicas, crisis de credibilidad, crisis de valores, etc. Todas las definiciones coinciden en varios aspectos: se trata de algo imprevisible, inestable y poco controlable.

Una de las crisis más recurrentes, que no es nada nuevo, es la que se hace presente en el ámbito político. Como lo señala Luciano H. Elizalde en su libro “Estrategias en las crisis públicas”, la esencia de la crisis política es la pérdida de poder político.

¿Y que es el poder político? Muchos lo confunden con el simple hecho de estar en un puesto de primer nivel, lo cual resulta equivocado. El tener un puesto en cualquier ámbito (gerente, director, gobernador, presidente, alcalde, diputado, etc.) no necesariamente es sinónimo de poder político.

El poder político se adquiere en la medida en que el líder, en cualquiera de “sus presentaciones” -al menos el que se precie de serlo-, entiende la necesidad de refrendar sus adhesiones con quienes considera como sus más cercanos seguidores y de construir consensos con quienes no están de acuerdo con sus posicionamientos o posturas. Esto sólo es posible con la negociación, la búsqueda de entendimientos.

Político que no negocia, porque no sabe o porque no quiere -el efecto es el mismo-, simplemente no está ejerciendo liderazgo. “Político que deja a un lado la negociación cada vez se verá más cercado”, señala Eduardo Betancourt, consultor Venezolano, en su libro “¿Cómo ganarse a los ciudadanos después de ganar las elecciones?”.

El poder político, algunos le llaman capital político, crece gracias a la suma de adhesiones y de consensos. De ahí el adagio de que la política es de sumas y multiplicaciones.

Entonces la crisis política viene a ser el otro lado de la moneda, el de las restas y las divisiones, y como lo señala Luciano Elizalde, puede ser representada como una espiral de disenso; es decir, en la medida en que una institución o un dirigente acumulen disensos o desacuerdos se hallará en una auténtica crisis, esto sin importar que el cargo que ocupe sea uno de los más encumbrados.

Roberto Izurieta, coautor del libro “Estrategias de comunicación para gobiernos”, indica que el recurso financiero por sí solo no otorga poder político, porque este siempre será insuficiente. Aunque, desde luego, cuando es bien utilizado es un factor necesario para el ejercicio del mismo.

Por su puesto, no estoy hablando de la compra de voluntades ya que cuando ésta se hace presente, entonces la relación humana se convierte en “clientelismo”, actitud o acción que va contra los cánones de la política, porque postura ética queda al margen.

Las crisis se ven agravadas cuando las situaciones de desacuerdo son ventiladas públicamente, ya que se está involucrando a agentes aún más difíciles de controlar: los medios de comunicación.

Una vez en el ámbito público, la cantidad de disensos que puede ser acumulada es incalculable, porque la información ya está, vías medios masivos, en las mentes de muchos otros agentes cuyas reacciones son insospechadas, lo que aumenta aún más el descontrol sobre la situación crítica. Esta situación, por lo general, es aprovechada por la competencia, en el caso de las empresas, o por la oposición, en el caso de los partidos políticos, en su beneficio, haciendo a la crisis todavía más compleja e incontrolable.

Una de las consecuencias graves, o de “costos prohibidos” como le dicen los expertos, de las crisis es el daño a la marca, que, desde luego, se traduce en ausencia de credibilidad y desconfianza.

Vertidos los conceptos anteriores, podemos comprender las crisis por las que pasan hoy día los dirigentes, los partidos y los gobiernos. Esta es una posición daltónica basada en conceptos doctrinarios y técnicos. Que cada quien haga conciencia sobre las consecuencias de sus propias crisis.

Por Lic. Daniel Jesús Carrillo Polanco
Master en Comunicación Política y Marketing Electoral

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