domingo, 28 de diciembre de 2008

La “desesperanza aprendida”

Por Lic. Daniel Jesús Carrillo Polanco
Master en Comunicación Política y Marketing Electoral

Mal silencioso que paraliza

La teoría de la indefensión o “desesperanza aprendida”, concepto usado entre los profesionales de la psicología y que explica comportamientos sociales en materia política, es uno de los peores males que puede sufrir un ser humano o una colectividad.

Se trata de una enfermedad con profundas repercusiones en la esfera física y psicológica que termina afectando no sólo el cuerpo sino también el alma de quien se ve envuelto en ella.

Los psicólogos señalan que la “desesperanza aprendida” es un sentimiento de convicción presente en algunas personas, de que no es posible modificar la realidad y que, independientemente de las acciones que emprendan para cambiarla, las cosas se quedarán como están.

Esta sensación se origina cuando la persona o una colectividad sufren varios fracasos continuos en una misma lucha, lo que hace que se vaya agotando su energía para intentarlo nuevamente.

Es lo que ocurre con la gente que nace y vive en una situación de pobreza en un contexto en donde las oportunidades para salir de ella son tan pocas que cada intento por superar esta adversidad finalmente termina en un fracaso.

Los porqués de esta situación están ligados a factores externos como la mala suerte, la voluntad de Dios o la acción de los gobernantes. Es así como llegan a sentirse incapaces de vencer al destino y de abandonar el círculo destructivo.

Por ejemplo, el estudiante que antes de presentar pone una veladora a su santo y aún así no aprueba su materia. Tras varios intentos y pese a todos sus esfuerzos no logra su objetivo, es casi seguro que ya ni siquiera intente entender. Termina por cerrar su mente a otras posibilidades. La culpa es del santo que no le hace el milagro.

Lo mismo ocurre en una colectividad en donde la gente se la pasa quejándose del mal gobierno pero en vez de participar en la búsqueda de soluciones vive en una situación de total parálisis. ¿Para que digo o hago si de todas maneras si las autoridades hacen lo que les da la gana?

Otro ejemplo claro se ve en los procesos electorales en donde el abstencionismo es el vencedor. ¿Para qué acudir a las urnas si mi voto será defraudado?, ¿Para que voto si todos los políticos son iguales de corruptos? ¿Para qué votar si tan malos son los unos como los otros?

La “desesperanza aprendida también se hace presente en los asuntos cotidianos de la vida pública ¿Para qué protestar contra alguna arbitrariedad sin nadie nos toma en cuenta?

Y se trata de un mal altamente contagioso. El mismo entorno es el que favorece su expansión y profundización entre los seres humanos. Cuántas veces no hemos escuchado frases, incluso de las propias familias, como las siguientes:
“¿Para que estudias si luego serás un desempleado más?, “No vueles tan alto porque tu caída será más dolorosa”, son voces que llaman al desaliento, a la pasividad y a la parálisis.

Es así como, mediante factores internos o externos, las personas llenan su vida de un “nomeimportismo” en donde no se vislumbra futuro alguno, ya que no está dispuesto a cambios y no ofrece posibilidad de salida a nuevos caminos y horizontes.

En ámbito personal, según los psicólogos, el desesperanzado debe desarrollar recursos que aumenten su auto-confianza y pueda adoptar una actitud optimista frente al futuro. Las personas que toman las riendas de sus circunstancias y consideran que de ellos depende lo que puedan lograr, se enfrentan más positivamente a la vida.

¿Y en la colectividad? ¿De qué manera contribuyen las instituciones públicas -gobiernos y partidos políticos- y las organizaciones privadas -la sociedad civil o grupos de interés organizados como representantes de la opinión pública- para propiciar que la gente recupere la esperanza perdida?

Por Lic. Daniel Jesús Carrillo Polanco
Master en Comunicación Política y Marketing Electoral

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