lunes, 7 de diciembre de 2009

El valor estratégico de las campañas

Por Lic. Daniel Jesús Carrillo Polanco
Master en Comunicación Política y Marketing Electoral

Muchas veces pensamos que una campaña electoral es para que los partidos políticos salgan a conquistar las voluntades de los ciudadanos; totalmente falso. Y esta forma de pensar, que también existe en muchas instituciones políticas, es lo que ocasiona una saturación sin ton ni son de propaganda y mensajes que, en muchas de las ocasiones, en vez de comunicar se vuelven ensordecedores.

El valor estratégico de las campañas en función de los resultados electorales varía según determinadas situaciones estructurales y/o coyunturales. Jamás una campaña será igual a otra en espacio y tiempo.

Algunos factores Algunos de los factores que aumentan o disminuyen el valor estratégico de una campaña son los siguientes: 1. La lealtad hacia los partidos. Cuando los partidos políticos son fuertes y sus seguidores les son leales; es decir, cuando hay un fervor hacia las instituciones políticas el efecto de una campaña prácticamente es marginal. ¿Por qué? porque los electores prácticamente desde antes de la elección ya han decidido y pase lo que pase nadie cambiará sus percepciones. En cambio, cuando los partidos se muestran débiles y existe un alejamiento de sus seguidores, entonces la campaña adquiere un elevado valor estratégico ya que será el medio para tratar de persuadir a esa gente indecisa y/o desmotivada.

2. La calidad de los electores. Las campañas electorales tienen un mayor efecto sobre los ciudadanos poco informados o con poco interés en la política en tiempos no electorales. De manera tal que son quienes usan las comunicaciones de las campañas como único medio para tomar sus decisiones. Poco sabe la gente sobre las ideologías de los partidos y lo que representan para ellos, y sólo se dejan llevar por cuestiones emocionales de acuerdo con sus predisposiciones del momento. La gente más informada no se deja engatusar tan fácilmente por una campaña manipuladora o no.

3. El nivel de la elección. Una campaña no tiene el mismo efecto en una elección intermedia de legisladora que en una presidencial. Ambas despiertan un grado de interés muy diferente. Es por ello que, por lo general, la gente es más apática en las primeras y mucho más participativa en las segundas. Por cuestiones culturales los ciudadanos se preocupan más por quienes ejercerán los puestos ejecutivos y administrativos que los legislativos, ya que quienes los ocuparán tendrán la responsabilidad de promover el desarrollo de cada demarcación.

4. La relación de competencia entre los candidatos. Si sólo hay un candidato, es decir no hay competencia, la campaña carece de total valor, ya que con un solo voto el postulado sería vencedor. Como ocurrió con José López Portillo, quien alardeó que “con que hubiera votado mi mamá por su hijo Pepito, ganaba la elección”. Si hay competencia, pero sólo uno de los candidatos brilla por encima de los demás de manera notoria, la campaña tiene poco valor estratégico ya que de antemano se estaría definiendo un resultado. En cambio, si la competencia es cerrada entre dos candidatos la campaña adquiere un enorme valor estratégico ya que cada quien pondrá en marcha acciones más focalizadas para tratar de atraer los votos de los indecisos o incluso de los indiferentes.

5. El momento en que se realiza la elección. Las cuestiones estructurales y coyunturales son determinantes en el humor de los electores y, por ende, en su disposición de votar a favor, en contra o de plano de abstenerse. Si en el momento de la elección la gente percibe que los gobiernos en turno no han sabido solucionar sus problemas más profundos y apremiantes, o que por lo menos no se sienten tomados en cuenta puede haber un castigo a los partidos por encima de sus lealtades. Es por ello que muchas veces las campañas tratan de generar dilemas entre los ciudadanos como la guerra o la paz, la crisis o la estabilidad, etc.

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