
Por Lic. Daniel Jesús Carrillo Polanco
Master en Comunicación Política y Marketing Electoral
Cada gobernante, cuando desarrolla su estrategia, debe ocuparse por construir un prestigio ante sus gobernados; es decir debe generar día a día una imagen positiva capaz de trascender en el tiempo que dura el ejercicio de gobierno.
Por ello, lo primero que debe preguntarse una autoridad ¿Cómo quiero ser recordado aún después de terminado el trienio, el sexenio o el quinquenio, según sea el caso? Esto es lo que da sentido al establecimiento de la misión -¿Para qué existo en este planeta?- , de la visión -¿A dónde quiero llegar y cómo me quiero ver?-, del mensaje -¿Qué es lo que debo de decir?-, de las líneas estratégicas y objetivos concreto -¿Qué es lo que debo de hacer?-.
Pero la estrategia central, que es la que define el rumbo de un gobierno tiene que ser congruente con las decisiones y las acciones que deben tener como hilo conductor un conjunto de valores.
Si la autoridad en turno se planteó ser un “gobierno que escucha”, necesariamente tendría que dar vigencia a valores como prudencia, sensatez, respeto y tolerancia. Considerando, por supuesto, que los valores son universales y aplicables por igual a todos los seres humanos.
La forma para que una autoridad construya una imagen positiva es muy sencilla: actuar de tal forma que el ciudadano pueda percibir que hay una clara conexión entre lo que sus autoridades dicen y hacen. Cuando se actúa congruentemente de manera reiterada, la autoridad es reconocida de modo favorable.
En cambio, cuando la gente no halla vínculo alguno entre el decir y al hacer, deviene la incongruencia, que al darse de modo muy reiterado es generadora de incredulidad y auto-desprestigio.
Antes de utilizar una palabra o un reducido conjunto de palabras que formarán parte del slogan, que no es otra cosa que una herramienta comunicativa que simplifica el mensaje estratégico, hay que estar conscientes del significado que conlleva cada vocablo.
De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española la palabra “escuchar” significa “prestar atención a lo que se oye”, o bien “atender un aviso, consejo o sugerencia”. En tanto que oír implica un hecho biológico que no requiere de atención. Se puede oír a alguien pero sin escucharlo, es decir, sin prestar atención.
Desde la campaña de 2007, la entonces candidata y actual titular del Ejecutivo adoptó como estrategia la de presentarse al electorado como una propuesta capaz de escuchar a los ciudadanos. El primer spot de campaña fue: “Algunos dicen que Yucatán está muy lejos. Lejos están los políticos que prometen lo de siempre. La política está en la calle, en cada casa. Así será mi gobierno: viéndonos a los ojos, haciendo compromisos verdaderos. Eso es ser un buen político. Eso es ser un buen yucateco”. Ya en el gobierno, el actual Ejecutivo local decidió seguir con el mismo mensaje: “Un gobierno que escucha y responde”.
¿Y que ha pasado en casi tres años? Los yucatecos tendrían que evaluar, más allá de los tintes partidistas, si en verdad estos ofrecimientos electorales y gubernamentales se han cumplido a cabalidad. ¿Será que este gobierno estatal sea recordado como un gobierno que escucha o por frívolo?
Parece que la cabeza del Ejecutivo no solo no escucha sino que de plano no oye. La rechifla y el abucheo fueron un claro mensaje contra el hartazgo y los ciudadanos no fueron escuchados ni siquiera oídos. Las críticas de miles y miles de ciudadanos que se manifestaron en las redes sociales, tampoco fueron dignas de atención.
Una maestra que pretendió ser escuchada para que la ayuden a resolver un problema que le afecta sólo consiguió un regaño. Los señalamientos de dispendio de recursos, de falta de transparencia, de represión, de mentiras, de corrupción, tampoco son dignos de ser escuchados. Los oídos sólo están abiertos a escuchar halagos.
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