Daniel Jesús Carrillo Polanco
El poder ciudadano
Bien decía Eduardo Betancourt, consultor venezolano en un taller internacional sobre la actuación de los gobernantes de América Latina: “Cuando el político está en campaña es atento a las voces de los ciudadanos, pero apenas llega al poder comienza a enfermarse de modo tan grave que repentinamente deja de escuchar, de ver y de sentir”.
Hace unos tres años vimos a una señora en campaña que decía que iba a escuchar a la sociedad y para demostrarlo sus asesores le pidieron que diga que escuchaba hablar a las casas. Cosas de los creativos para enganchar a los electores.
Hoy, durante el transcurso de esos tres años esa enfermedad de los políticos se hizo presa de la entonces candidata. La soberbia y la prepotencia son los síntomas claros de tal patología.
A estas alturas los poderes de escucha metafísica se han convertido en la capacidad de ignorar olímpicamente cualquier señalamiento de la sociedad en torno a la falta de transparencia, corrupción y despilfarro.
Pareciera que ni cosquillas siente ante las denuncias públicas de graves sucesos, que para cualquier político o autoridad serían un motivo de una mínima vergüenza para rectificar los excesos.
Ahora con decir: “Soy respetuosa de todo lo que digan” es suficiente para salvar cualquier crítica. Y así se desgañiten ciudadanos y corran litros de tinta para evidenciar las malas prácticas, nomás no pasa nada. La cuestión es sólo aguantar y en poco tiempo todo quedará en el olvido.
Así ha pasado con las tierras de Caucel, con la compra de los terrenos de Chichén Itzá, con la casa de lujo que se descubrió a un funcionario del despacho, con la falta de aportación para programas federales, con los viajes, con la compra de un casa para la progenitora, con el uso del erario para las campañas, y más recientemente con el aumento de impuestos.
Alguien que se roba un kilo de frijol y cuatro jabones con un valor menor a $50 es metido de inmediato a la cárcel y no puede salir porque “es delito grave”, pero no tiene nada de grave cuando alguien despilfarra millones y millones de pesos en detrimento de toda una sociedad.
Esta enfermedad se extiende a otros actores políticos. Hoy los empresarios, que por fin comienzan a despertar, dicen un rotundo no al paquete fiscal propuesto por el Ejecutivo y de inmediato se oye la voz desde el Congreso estatal de que “no vamos a caer en chantajes”. Que sí van a “escuchar”, pero que no van a cambiar nada. ¿Entonces? ¡Que se frieguen los ciudadanos!
Aunque han sido muy buenos los intentos ciudadanos para hacer valer sus derechos frente a la anarquía, pero todavía falta mucho por hacer para que la participación en la vida pública sea más efectiva.
Cuando los ciudadanos se unen se pueden obtener éxitos como el obtenido par que no se cobre cuotas por estacionarse en tres plazas comerciales. Es una muestra en pequeño de lo que la sociedad puede hacer cuando decide tomar su lugar.
Ese poder de hacer y deshacer lo hemos otorgado los ciudadanos y sólo nosotros lo podemos quitar. Y no tiene que ser necesariamente en las urnas.
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