domingo, 18 de septiembre de 2011

Un “mundo feliz”


Por Lic. Daniel Jesús Carrillo Polanco
Master en Comunicación Política y Marketing Electoral

Intoxicación social

Según las señoras de los palacios, pareciera que los yucatecos vivimos en un mundo totalmente feliz. Como si no pasara nada, en sus apariciones públicas se les ve felices y contentas recibiendo medallas y premios por su “liderazgo”, “transparencia” y por ser “promotoras” de paz.

Yucatán y Mérida se están desbaratando económica, social y políticamente pero los discursos son de avances y de éxitos. Se habla de paz y prosperidad, y que hasta la corrupción ha disminuido.

Y cuando la situación se pone difícil y no tienen argumentos ante las evidencias, recurren a sus ya tan socorridas frases: “Ahí están las cifras”, “En tiempo y forma”, “Entendemos los tiempos electorales”, “Lo que marca la ley”, etcétera.

Es conveniente tratar de descifrar el porqué de esos discursos y acciones. Partamos de la premisa de que el ser humano no es infalible y por tanto puede incurrir en error. Y esto ocurre cuando afirmamos algo, aún cuando nuestro conocimiento de la realidad es equivocado.

Las opiniones de la gran mayoría de los ciudadanos son consideradas como juicios de la apariencia porque son emitidos con base en predisposiciones. La experiencia nos enseña que el error en que ha incurrido la opinión pública trae consecuencias graves por dejarse llevar sólo por las apariencias.

Y la autoridad ¿hasta que punto le es permitible incurrir en error? Creo que esto dependería de las consecuencias que las acciones desencadenen hacia los ciudadanos. Lo realmente grave es cuando el discurso se aparta deliberadamente de la realidad pues es cuando dejamos de hablar de error y pasamos al ámbito de la mentira.

La intención de engañar es lo que establece la diferencia entre el error y la mentira. Hay tratadistas como Guy Durandín (Paidós, 1995) que consideran que la mentira ocurre entre personas de manera improvisada, y señalan que la desinformación tiene el carácter de organizada. Es decir, desinformar es mentir pero con premeditación, alevosía y ventaja.

Por eso no nos deben extrañar esas afirmaciones y acciones por demás absurdas de un supuesto estado de transparencia, de respeto a los derechos humanos, de no corrupción y de paz. Todo es producto de una estrategia deliberada y bien orquestada para tratar de engañar a la colectividad.

Los expertos distinguen dos tipos de mentiras entre personas: unas que sirven a intereses propios y otras que pueden considerarse caritativas pues tratan de proteger al prójimo. En el caso de la desinformación no hay mentiras piadosas, quien la practica siempre tiene el interés de ganar algo a su favor e incluso de perjudicar a terceros.

Por ello, es responsabilidad de los ciudadanos no sólo estar al tanto de lo que ocurra en su entorno sino también de orientar a quienes no tienen acceso a medios de comunicación confiables, porque de no hacerlo serán víctimas de la desinformación y las consecuencias ya las conocemos.

Las autoridades locales saben que su acción desinformadora llega a muchos ciudadanos potenciales electores menos informados y, por tanto, más vulnerables a ser engañados. Que no nos extrañe que las frases y acciones absurdas de logros, éxitos y medallas no sólo no cesarán sino que incluso se intensificarán a medida que se acerque el proceso electoral.

La desinformación es considerada como una campaña de intoxicación, pues supone presentar como verdadera una noticia falsa con intención de inducir en error a las audiencias.

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