Mayor miedo al despilfarro
En el transcurso de esta semana, cuando se anunció la probable llegada de un fenómeno natural, en la opinión pública se generó otro fenómeno de carácter social que quizá pasó desapercibido.
Muchos de los yucatecos hemos vivido y sufrido los efectos de poderosos huracanes como el Gilberto en 1988 y con Isidoro en 2002. Prácticamente ya llevamos 10 años sin que Yucatán se vea tocado de lleno por alguno.
De 2002 a la fecha, muchos de los fenómenos que se gestaron en el Atlántico y que pasaron cerca de Yucatán cobraron vidas y ocasionaron cuantiosos daños. En 2005 Wilma, de categoría 5, devastó Quintana Roo.
En 2007, al inicio de la temporada se gestó “Dean” dejando un saldo de 14 muertos, pero que en Yucatán sólo ocasionó ligeros daños. Este fenómeno sirvió de pretexto en la recién iniciada gestión de la señora del Palacio Grande para tratar de allegarse recursos del Fondo de Desastres Naturales. Fue uno de los primeros conflictos que sin razón ni sentido fue armado contra el Gobierno Federal.
En la mente colectiva quedaron en el recuerdo dos hechos: las devastaciones naturales de los huracanes y el lamentable intento de obtener recursos para quien sabe, porque para reparar daños inexistentes no era.
En estas fechas cuando se informó de la posibilidad de que nos golpee el huracán “Rina” la reacción de la gente no fue en el sentido de preocupación por los daños que pudiera causar el meteoro –que sería lo normal-, sino por la oportunidad que podría representar para la dama del Palacio de intentar nuevamente obtener más dinero federal.
El riesgo de “Rina” pasó a segundo plano frente a la devastación real y tangible generada en Yucatán a lo largo de casi cinco años. Los daños y los perjuicios ocasionados a todos los yucatecos son mucho más abultados y de largo plazo. Me parece que esta es la causa de esa reacción social atípica ante un huracán.
Los comentarios “vox populi” en la calle, en el súper, en los parques, en las redes sociales y en la propia página del Diario –debajo de la nota en la que se anunció el probable arribo del meteoro- fueron en el sentido de que la gente no quería que llegue “Rina” pero no porque les causara temor sino por la posibilidad de que fluya dinero a las manos del Ejecutivo local y que finalmente no serviría para resarcir a la gente.
La llegada de un huracán era el pretexto perfecto de los perfectos “echadores de culpas” para “justificar” el estado de devastación en que se encuentra Yucatán y al mismo tiempo para obtener recursos adicionales en una coyuntura en la que al parecer ni para pagar los aguinaldos de los trabajadores al servicio del Estado tienen.
La expresión social “no quiero que venga Rina porque no quiero que la señora tenga más dinero para malversar” es una muestra de hartazgo justificado, porque los miles de millones de pesos recibidos en préstamos ¿Alguien sabe en qué se invirtieron? De hecho, según se informó, hay un desfalco del fondo estatal para casos de desastre.
Realmente la naturaleza se apiadó de los yucatecos porque con tras la posible devastación natural se iba a recrudecer de manera exponencial la destrucción dolosa.
Fue relativamente fácil sobreponernos a la destrucción involuntaria sufrida tras el paso de un fenómeno natural como Isidoro, pero por lo menos pasarán 25 años para recuperarnos de la devastación voluntaria que nos están dejando las dos damas de los palacios.
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